Domingo por la tarde luego de las lluvias en Santiago. Busco efectivo en mis bolsillos cuando el cajero de un pequeño local en Providencia me pregunta: “¿Le gustaría llevar también un par de alfajores? Son nuevos, naturales, ¡de cacao orgánico!”. Los genios del marketing no pierden ninguna oportunidad, y agregarle “orgánico” pareciera transformar cualquier cosa en oro, o al menos lo hace con su precio. La oportunidad hace al ladrón, dicen, y este caso no es la excepción. Lo que sustenta el abuso comercial del momento es básicamente el amplio rechazo social que ha sacudido a los transgénicos, basado -principalmente- en el miedo ante posibles efectos perniciosos para nuestra salud.

Tener precauciones ante la novedad es razonable, pero aquí hay algo más en juego, algo que convierte un sano escepticismo en un rechazo preconcebido. Resulta muy intuitivo pensar que, si la naturaleza nos ha dado alimentos, la naturaleza es buena. Que, por tanto, modificarlos genéticamente es un atentado contra tal bondad, moralmente reprochable, y eventualmente peligroso. Lamentablemente, esto es una falacia, y hasta tiene nombre propio: “apelación a la naturaleza”. Es el mismo tipo de razonamiento equivocado que escuchamos tantas veces en movimientos que desprecian la homosexualidad, el veganismo, los fármacos, o la tecnología en su conjunto.

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La verdad es que la modificación genética se hace desde que tenemos agricultura. Si no fuera por ella no tendríamos cosas como la lechuga o la zanahoria que conocemos, y cuya seguridad no solemos cuestionar. No debería entonces preocuparnos especialmente de modificarlos, a diferencia de siglos anteriores, de forma mucho más dirigida y precisa a través de la biotecnología. Sin embargo, yo mismo dije que la precaución ante la novedad es sensata, y la mejor forma de hacerme cargo de mis palabras es a través de la rigurosidad y el escrutinio de la investigación científica.

Lo sorprendente es que prácticamente existe un consenso en la comunidad académica respecto al consumo de transgénicos. Desde la Academia Nacional de Ciencias de los EE.UU., hasta la Comisión Europea, cientos de estudios han sido revisados, muchos de ellos independientes y financiados estatalmente. La seguridad de los cultivos parece estar más que corroborada, de hecho, las normas son tan estrictas que prácticamente podemos sentirnos más tranquilos al consumir este tipo de productos que sus contrapartes orgánicas.

Pero, ante este panorama sigue existiendo una pregunta importante: ¿Por qué existe tal disparidad entre conocimientos y sentimientos en nuestra sociedad? Me gustaría poder explicarlo considerando lo intuitivo que puede ser el rechazo a priori que acabo de comentar. Pero la verdad es que, teniendo en cuenta la facilidad de acceso a la información que existe hoy en día, me cuesta creer que sea suficiente para causar el fenómeno, y quizás esto simplemente sea una muestra más de la decidida educativa que nos caracteriza tanto como seres humanos.

Bueno, en fin, los alfajores no estaban tan ricos.

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