Cuando decidí estudiar medicina lo hice porque era una disciplina científica (en el sentido más restringido de la palabra), pero una impregnada de una innegable cualidad humanista. Con idealismo juvenil, me maravillaba la oportunidad de conectar estrechamente con una persona necesitada de ayuda. Un acto vocacional genuino en un momento de dolor y vulnerabilidad.

Una vez en la escuela, recuerdo como se nos enseñaba el cambio de paradigma que se vivía en la práctica: la medicina había ido dejando de lado su actitud paternalista, en pos de una visión donde la autonomía del individuo era piedra angular de la relación.

En aquellas épocas, a pesar de asignarle relevancia al reconocimiento de la individualidad del paciente a través del empoderamiento sobre su enfermedad y tratamiento, no dejaba de hacerme ruido la radicalidad con que se abordaba este cambio de comprensión de la relación médico-paciente, además de lo fuerte del juicio moral que se efectuaba sobre la dinámica ya relativamente abandonada.

En algún momento me pregunté si sería mi estructura de personalidad la que favorecía esa incomodidad, o si era el concepto previo que tenía sobre la ars médica, quizás como una expansión de la asimetría de conocimientos existente hacia la relación interpersonal en tal contexto. Sin embargo, con el paso de los años me fui percatando del conflicto original que, sino había generado mi molestia, al menos la había mantenido y amplificado.

La concepción de roles en una sociedad, y bajo que parámetros relacionales y comportamentales estos se efectúan, son evidentemente un fenómeno fluido. Con esto quiero decir que no pretendería en ningún caso negar que cambien conforme a los vaivenes históricos, pero no puedo dejar de ver con ojos de preocupación la transformación que ha tenido este en particular.

Recientemente, un conocido vinculado al área de la salud me comentaba angustiado: el padre de una menor que atendía estaba amenazando legalmente a la clínica en que trabaja. Esto, luego de que el profesional se negara a modificar ciertas sugerencias terapéuticas del informe de la evaluación, como solicitaban los progenitores. No pude evitar así revivir estas antiguas reflexiones en que ahora me explayo.

Medicina a la venta

No me parece que un sistema de mercado sea algo condenable por defecto, mas no creo sana su libre permeación ideológica en algunos sectores de nuestra sociedad. Mi sensación es que el cambio ético que sustenta la nueva relación médico-paciente está más guiado por valores capitalistas que por una nueva valorización de la autodeterminación humana per se.

Es verdad que la medicina ha avanzado enormemente, y que, por tanto, el proceso diagnóstico y terapéutico se ha complejizado y encarecido, por lo que no se puede sostener la idea de la aplicación total de estas nuevas tecnologías a la salud pública, y quien pueda financiarlas particularmente está en total libertad y derecho. De la misma forma, también es legítimo quien quiera y pueda pagar un sobrecosto por comodidades hoteleras en su atención médica lo haga, pero la mercantilización de la medicina ha cruzado fronteras que quizás valía la pena haber resguardado.

La visión asimétrica entre el paciente y el médico no se ha horizontalizado con el paso del tiempo, sino ha terminado por invertirse. Con bastante seguridad me atrevería a decir que actualmente es más bien una relación médico-cliente, y recuerden, el cliente siempre tiene la razón.

Esto ha significado el deterioro tanto de la calidad humana del vínculo, como de la calidad de vida del profesional sanitario. En la actualidad se espera que el servicio sea eficiente y a gusto del consumidor, el médico debe resolver cualquier problema, y más le vale hacerlo de forma rápida y eficaz, si al final de cuentas: “para algo le estoy pagando” -he escuchado más de una vez-.

Esto ha impactado también en la judicialización de la medicina, alcanzando niveles impresionantes. Se han multiplicado así carroñeros abogados especialistas, al asecho de cualquier oportunidad para obtener una tajada del pastel. Se les puede ver incluso fuera de los centros de atención, merodeando en busca de clientes dispuestos a exprimir a su servidor de turno.

Obviamente esto no sólo afecta a la mentalidad del usuario, sino que ha calado la psiquis de parte del establishment de la salud, quienes se ven tentados a practicar esta atención centrada en el cliente. A cambio de un par de billetes la ética profesional es flexible para adecuarse a los requerimientos que el cliente solicite, independientemente de a recomendación médica oficial.

Para algunos este giro ha significado la desvalorización de la medicina. El staff médico pasa a ser percibido como un empresariado, y la confianza se va destruyendo, tanto a nivel individual, como colectivo. Vemos como surge entonces el desprecio hacia la “medicina occidental”, dando espacio al resurgimiento de “terapias” alternativas, que en realidad no son más que burda pseudociencia. No es casualidad que las palabras “holística” e “integral” estén vendiendo tanto. Triste confusión entre el cuerpo del conocimiento médico y el como este se aplica en un contexto de mercado.

Podría hacer un análisis más profundo sobre este tema, analizando los datos y  tendencias del sector, pero por ahora me conformo con desahogar ese nudo que tenía en la garganta después de la anécdota que aquejaba a mi pariente. Porque no todo cambio es necesariamente evolución, por mucho que lo quieran hacer pasar como aquello.

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