Mi decepción universitaria.

Más de un milenio atrás, el monarca germánico Carlomagno se dio cuenta de que necesitaba un cuerpo de gente educada para que su imperio subsistiera. En aquellas épocas, como era de esperar, la tarea le fue encomendada a la iglesia. Luego de su muerte y a pesar de los constantes ataques sufridos, algunas de estas escuelas lograron prosperar, como pequeñas estelas en el oscuro vacío.

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Carlomagno

Su objetivo inicial era formar sacerdotes instruidos, que pudieran convertirse en líderes locales, por lo que comenzaban con el llamado trívium en escuelas monásticas. Las tres partes que lo componían: gramática, retórica, y lógica, los preparaban para leer y escribir en Latín (el lenguaje universal de los ilustrados de la época), para dominar las artes del discurso público, y la demostración de la validez lógica de sus argumentos, respectivamente.

Así, más adelante se encontraban preparados para enfrentar el quadrivium, asentado en la aritmética, geometría, astronomía y la música. Pero no fue hasta el año 1000 que la educación comenzó a extenderse más allá de tales aspectos fundamentales.

Una situación particular se vivió luego en Paris. Postulantes a instructores se aparecían ante el canciller para volverse parte del profesorado, ya sea del monasterio o externos, de donde surge la diferencia que conocemos entre profesores titulares y asociados.

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Escuela monástica

Más ejemplos podemos observar en otras palabras del vocabulario propio del campo universitario anglosajón, los profesores imparten lo que se conoce como lectures, originado justamente de que cada clase de basaba en la lectura de un libro considerado importante en el momento. De esta forma, cada aprendiz tomaba notas en su textbook, lo que incluía apuntes importantes de otras referencias bibliográficas que se plasmaban al final como pie de página.

Cuando el alumno ya se sentía seguro de sus conocimientos, procedía a rendir examen frente al canciller, quien le entregaba un diploma en caso de aprobar. Resulta muy interesante que un joven podía asistir a cualquier clase en cualquier locación, ya que el énfasis estaba puesto en la demostración de sus competencias frente al canciller, y no en el proceso que lo llevaba a serlo.

Llegó el momento en que Paris se estaba convirtiendo en el centro educativo de Europa, y frente a eso el canciller comenzó a pedir obediencia a sus maestros, quienes en gran medida comenzaron a verlo como enemigo, trasladándose desde la base que representaba Notre Damme hacia    la izquierda del río Sena, barrio que se llegó a conocer como latino, dada la densidad de latinoparlantes. Comenzaba entonces una progresiva transición a la educación fuera del ámbito religioso.

Uno de los momentos más reveladores ocurrió a principios del 1100 con Peter Abelard. Maestro de la escuela de Notre Dame, escribió Sic et Non, en el que demostraba que las autoridades habitualmente estudiadas se contradecían hasta en los puntos más básicos. Fue ahí cuando afirmó que el estudiante debía en realidad reunir y comparar opiniones, utilizando la lógica para determinar su veracidad, por lo que en vez de escuchar a su maestro leer, era necesario cambiar el enfoque para que este aprendiera a razonar.

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Peter Aberlard

Tensión se fue generando entre estudiantes y locales, lo que terminó con una violenta revuelta, la formación de barricadas en la ciudad, y la decisión de los maestros de formar una unión que llamarían Universitas. Así exigieron derechos que les permitieron -entre otros- determinar su currículo, la elección de sus postulantes, y debatir abiertamente cualquier tema.

Evidentemente la historia desde ahí continúa de forma compleja para convertirse en el concepto moderno de universidad. Pero me interesa dejar el relato hasta aquí y reflexionar teniendo en cuenta este primer surgimiento universitario en la historia medieval.

¿Que sucede hoy en día?

Mi concepción de universidad estuvo siempre embebida de un romanticismo innato. Para mí, tales instituciones correspondían al centro intelectual de cualquier pueblo, a la cúspide de una república, al epílogo de la vanguardia del conocimiento. Puede que esas expectativas sean justamente las que terminaron decepcionándome del sistema educativo, uno en que ni los individuos, ni el profesorado, ni las clases, ni los objetivos, se aproximaban realmente al maravilloso ideario histórico que tenía en mis entrañas.

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El problema, a mi parecer, comienza desde sus fundamentos. De la mano del concepto idealista de la educación como derecho (que cada vez cobra una mayor relevancia en el vocabulario popular), nace una equívoca concepción de que la universidad debe ser un campo abierto a quienes consideren tener alguna razón para querer ingresar a ella. Fuera de la discusión de su cualidad como derecho, es innegable que un pueblo educado es una meta noble y muy relevante de conseguir (siendo lastimoso el como seguimos fracasando en su supuesto intento), sin embargo, existe una confusión entre el conocimiento que un ser humano puede recibir dentro de su proceso educativo, y la existencia de una mayoría necesariamente capaz y genuinamente voluntaria de participar en un centro de pensamiento avanzado, como debe ser una universidad. En efecto, es tan malo el enfoque de la crítica, que la discusión no solo se ha centrado en el acceso, sino que además ha dejado de lado algo tan fundamental como lo es la educación primaria. Son probablemente muchos los factores que contribuyen a esta, desde la mercantilización de la educación como un producto destinado al ascenso social, hasta el desprecio a los otros segmentos educativos relevantes en una sociedad. Sea cual sea la razón esencial, la comunidad universitaria es en gran medida los estudiantes que la componen, y no es difícil imaginar las consecuencias de su ampliación indiscriminada.

Mi impresión luego de pasar varios años en una universidad destacada de mi país, es que la universidad, en términos generales, sólo tiene el icónico residuo de ser un centro de librepensamiento, y que es en la actualidad simplemente la institución técnica más cara de la historia. Basta ver como proliferan centros de educación superior como McDonald’s en cada ciudad; cómo los alumnos se endeudan en instituciones mediocres con tal de obtener un título; como protestan -tal niño mimado- ante un docente algo más exigente que no sólo demande memorizar conceptos; cómo caen en parálisis aguda al enfrentarse -en extraña ocasión- a una prueba que resultó no ser de selección múltiple; cómo llenan los foros preguntando por el optativo más fácil, por la clase sin asistencia, por el profesor más relajado.

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La universidad como concepto está moribunda, y tal cual lo reflejan sus aulas, en las que predomina una tónica gris de  entrega de información inerte. Hemos vuelto irremediablemente a los inicios de la educación proto-universitaria, quizás el profesor no se pare frente a la clase méramente a leer un libro para que sus alumnos tomen apuntes, pero esto sólo es así porque fue reemplazado por uno disfrazado de sofisticación, uno conocido como PowerPoint.

Es irrisorio siquiera que existan universidades que no lleven a cabo investigación. En un experimento de autoflagelación me pregunto qué diría Peter Abelard de encontrarse con el nefasto panorama dominante en las facultades, siglos después de sus provocadores dichos.

Me deprime asimimismo, luego de mirar esperanzado al extranjero, ver como en sus universidades proliferan los llamados safe-spaces, en un desbarajuste de proporciones. Tanta confusión tenemos entre identidad e ideas, que toda refutación hacia estas últimas es considerada una agresión, porque olvidan que lo que se debe respetar es al ser humano que tenemos al frente, no a la idea que este propone. Sólo están logrando volverlas intocables, porque ya olvidaron que la universidad era justamente el espacio para hacerlas combatir, para destrozarse y volverse a construir, para aprender, para crecer y junto con ello proponer la sociedad del futuro. A nombre de la tolerancia no están haciendo nada más que coartar el desarrollo del intelecto humano.

Es verdad, aún hay instituciones que sobreviven en el mundo. Y sí, aún hay estudiantes y profesores con ese espíritu original, manteniendo la llama viva como pequeños faros entre la niebla. Pero hay una tendencia clara, incluso el nivel de post-grado será poco a poco consumido. Y cuando el umbral se sobrepase, será difícil de revertir, porque todos esos pequeños faros necesitan una comunidad iluminada para seguir existiendo.

Esta es la descarga de alguien que, amando el conocimiento, tomó la decisión de congelar su carrera, al menos transitoriamente, para darse el tiempo de aprender por sí mismo, de leer, de explorar. Porque en una época en la que el conocimiento abunda, en la que la información fluye con mayor facilidad que nunca, resulta ser que la decadencia intelectual que se está apoderando del sistema educativo me ha forzado a alejarme un tiempo, abrir mi propio camino.

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