Hace un par de días fue publicado en el Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, un estudio de fase 2 sobre una inyección hormonal para hombres, cuyo objetivo se ser utilizada como método anticonceptivo, poco después se desató la controversia.

¿De qué trata la investigación?

El compuesto contiene un progestágeno que inhibe la espermatogénesis actuando a nivel hipofisario, de esta forma se evita un embarazo al disminuir el recuento de espermatozoides presentes en una eyaculación. Por otro lado, la inyección incluye testosterona para compensar su descenso derivado también del progestágeno.

Los ensayos clínicos se desarrollan en distintas etapas, en este caso la fase 2 implica que el compuesto en estudio fue administrado a un número mayor de pacientes que en la primera ocasión, con el objetivo de determinar la eficacia y efectos secundarios del fármaco.

Los resultados son esperanzadores, ya que, entre los 320 voluntarios, el experimento fue exitoso en un 96%. Sin embargo, este se terminó anticipadamente debido a efectos adversos percibidos por un subgrupo de ellos. De ahí nace la polémica.

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Las reacciones

No pasó mucho tiempo antes que comenzaran a llover titulares:

“Yes, contraceptives have side effects – and it’s time for men to put up with them too” (The Independent)

“Frenan prueba de anticonceptivo para hombres por generar malestares idénticos a los que viven las mujeres” (El Dínamo)

Y probablemente el más tendencioso de todos:

“Men Quit Male Birth Control Study Because It Was Giving Them Mood Swings Welcome to the club, dudes. Also: WOMAN UP.” (Cosmopolitan)

La narrativa es clara, y la historia ha tenido un enorme eco en las redes sociales, así veo a gran parte de las féminas que tengo en Facebook expresando su indignación ante lo que consideran una muestra más del machismo o un nuevo triunfo del patriarcado.

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¿Una consecuencia del machismo?

En primer lugar, hay que entender cómo funciona el proceso que lleva a la aprobación de un nuevo fármaco. Sacar conclusiones apuntando a la violencia de género sin antes hacerlo resulta bastante precipitado.

Este estudio es el primero de gran envergadura en probar una combinación hormonal inyectable con este fin, y como tal, estaba siendo atentamente vigilado por el departamento de salud reproductiva de la OMS, quienes a través del Research Project Review Panel, un comité independiente, decidió que el estudio debía ser detenido ante los efectos adversos reportados.

Para que quede claro: la decisión no fue tomada por los pacientes que sufrieron tales efectos adversos, tampoco por los autores del estudio, sino por un grupo externo e internacional de científicos.

Lo que intentan sugerir todas las críticas surgidas puede ser resumido en la siguiente idea: el criterio usado para la aprobación de anticonceptivos hormonales en mujeres es distinto al que está siendo usado ahora para su uso en hombres, y esto se debe al machismo inherente en nuestra sociedad.

La primera parte de tal raciocinio es correcta, los criterios efectivamente son distintos, y es lo que ha llevado a los cursos de acción diferentes en ambos casos, pero erra al afirmar que es debido al horrible machismo moderno. Sino que es consecuencia del profundo cambio regulatorio de las entidades encargadas de estos procesos.

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Resulta que los métodos anticonceptivos orales fueron aprobados por primera vez el año 1960, y fue justamente un año después que ocurrió la gran revisión del sistema de aprobación de fármacos de la FDA (institución estaunidense encargada de aquello), resultando en los altos estándares de exigencia que conocemos en la actualidad. Para entender las implicancias de esto: ni siquiera el número de mujeres enroladas en el estudio original, de ser llevado a cabo hoy, serían consideradas suficientes para aprobar esta fase.

¿Es legítimo que nos cuestionemos la seguridad de fármacos antiguos, incluyendo entre ellos la anticoncepción hormonal femenina? Puede serlo, pero de ahí a convertirlo en un problema de género es un gran salto, y uno no muy bien fundamentado.

Es importante recalcar además que con el tiempo y la masificación de su uso fue que nos dimos cuenta de los posibles efectos peligrosos para la salud de la anticoncepción, como el aumento del riesgo tromboembólico o –el más recientemente postulado- de padecer depresión. Es decir, resulta poco sensato comparar todos estos años de información con un estudio de fase 2, que lamentablemente subestima los riesgos de un fármaco.

Escribo esto porque entiendo que las mujeres aún son víctimas de la discriminación en nuestra cultura, y que es una lucha válida a la cual me adscribo, sin embargo, me canso de ver como ensucian y vuelven a ensuciar problemáticas reales buscándole el conflicto de género, cuando muchas veces simplemente no existe.

Las buenas noticias es que más de un 75% de los pacientes se mostraron satisfechos con este método inyectable, y que, tal como se ha hecho durante todos estos años con los anticonceptivos femeninos, se buscará reducir las dosis a su mínimo necesario para mantener la efectividad encontrada. Así lo expresa uno de los grupos que trabajó en el proyecto, por lo que esperemos verlo eventualmente dentro de nuestro arsenal contra niños por sorpresa.

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