Hoy se celebran nuevas elecciones en nuestro país, y se espera un año record de baja concurrencia en la votación por alcaldes y concejales.

La verdad es que no tengo claridad sobre que sentir ante toda esta situación. Por un lado, es absolutamente comprensible la molestia con el sistema político actual, sobre todo ante la serie de últimos eventos que han terminado por socavar el poco prestigio que le quedaba. Sin embargo, el no votar tiene una falencia grave como mecanismo de protesta, y es –básicamente- que la acción no puede ser interpretada.

Este día uno se ve enfrentado a decidir entre 4 grandes posibilidades: el voto legítimo, el voto en blanco, la anulación y la abstención. El gran problema surge a raíz de cuantas situaciones nos pueden llevar a tomar esta última alternativa.

Actualmente el sistema de votación ha sido cambiado a uno voluntario, en el que la inscripción es automática y sólo se debe concurrir con un documento de identidad para ejercer el derecho. Esto deriva en que el grupo que antes era constituido por personas desinteresadas en la política (y con esto me refiero a apatía hacia ella, no a la molestia frente a sus ejecutores) que directamente no se inscribía en el sistema (y, que representaba en ese entonces la gran mayoría), queda ahora mezclada directamente con este gran grupo que representan los no votantes (los que llegaron a ser el 60% en las primeras elecciones voluntarias).

¿Deslegitima un sistema la poca participación democrática? Estrictamente no, porque nunca ha sido una mayoría de la población la que ha expresado su voluntad política, y es por eso que este nuevo grupo de abstinentes simplemente no puede ser interpretado. No se podrán sacar conclusiones si no se tienen grupos bien diferenciados, y lo triste es que la posibilidad de efectivamente diferenciarlos ha estado ahí todo este tiempo, y su nombre es la anulación. Todos los “indignados” que llaman a no votar están haciendo exactamente lo contrario a su supuesto interés, están mezclando todas esas voces con el ruido de un voto inexistente, en el que la multiplicidad de variables que pueden llevar a su no ejecución terminan disipando toda posibilidad de análisis.

Si la situación fuera distinta, y la campaña fuera dirigida hacia anular el voto, el aumento porcentual significativo que representaría este grupo sería algo imposible de minimizar. Hay que entender que existe un grupo de poder importante al cual le acomoda el funcionamiento actual del sistema, y sobre el cual tiene asegurada perpetuidad ante la ingenua estrategia de no salir a votar, caso en el que el tema no pasará de un par de horas de pantalla, pudiendo hacerse caso omiso de toda molestia de la población.

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Pero dije que tenía sentimientos encontrados al respecto, ¿no?

Efectivamente, hay un lado de mí que –en parte- disfruta la subutilización del sufragio. Esta posición no suele ser muy bien acogida en general, pero se asienta en mi cada vez mayor decepción ante el concepto mismo de la democracia.

En teoría, en el papel, siempre ha sonado bonita la idea de que seamos todos los ciudadanos los que tengamos que elegir a nuestros representantes, basados principalmente en sus propuestas políticas. Sin embargo, para que un sistema de esa índole pueda funcionar de buena manera se necesitan dos pilares fundamentales que en este momento se encuentran absolutamente ausentes. El primero ya lo mencioné en un post anterior (que pueden ver aquí), tratando sobre la necesidad de un centro único de recopilación de información sobre los candidatos. El segundo, y probablemente el más importante y polémico, es el nivel de educación de los votantes.

Si hay algo que en Chile sabemos que no está presente es una ciudadanía suficientemente educada, una capaz de hacer un análisis crítico de las propuestas que le permitan tomar una decisión informada (cabe mencionar que en la práctica ni siquiera están tales propuestas, y ahí volvemos al punto 1, personalmente no pude encontrar programas electorales de la inmensa mayoría de candidatos en mi comuna). Y eso que sólo estamos hablando de una elección de representantes, esta lamentable característica nos ofrece a su máximo esplendor ante propuestas que se deciden a nivel de plebiscitos, como pudimos ejemplificar con el caso de Brexit en Inglaterra, o el de la propuesta de paz en Colombia.

Creo que este segundo pilar es un tema en sí mismo bastante complejo, por lo que seguramente valdría más la pena ahondar extensamente en él. Lo que diré ahora, que lleva al surgimiento de mi segunda sensación ante el proceso, se basa en realidad en una elucubración. Y es que tengo la profunda intuición de que la disminución de la participación ciudadana puede paradójicamente mejorar el sistema eleccionario. Con un grupo votante que se ve disminuido, en realidad este, aunque minimizado, se ve más cercano a ese ideal de votante educado. ¿Y por qué pasaría algo así? Pues porque nos podemos asegurar que tienen la suficiente consciencia del deber cívico de votar, consciencia que los hace capaces de levantarse un domingo a pesar de la molestia en la clase política, a pesar de las campañas de apatía ante el sistema de expresión, consciencia que implica que de alguna manera esa persona tiene una mayor probabilidad de hacerlo de forma más crítica e informada.

Personalmente ya constaté mi opinión en la urna, así que no me queda más que esperar ver cómo se sigue desarrollando todo esto. Y Tú: ¿tomaste la iniciativa?

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