El 2015 se cumplieron 150 años desde que el matemático inglés Charles Lutwidge Dodgson, bajo el pseudónimo de Lewis Carroll, publicó la primera versión de Alicia en el país de las maravillas. Según su diario, recorría el río Támesis cuando Alice, hija de su amigo Liddle (quien era entonces decano de la Universidad de Oxford, donde Caroll hacía clases) le pidió le contara una historia para pasar su aburrimiento. Así este improvisó una que tenía a ella como protagonista, la que llamó inicialmente “Las aventuras subterráneas de Alicia”. El cuento le gustó tanto a la pequeña, que su petición de escribirla llevó a que Caroll hiciera el primer manuscrito, con dibujos hechos a mano.

Luego de su publicación en 1865, el libro se popularizó rápidamente, convirtiéndose en fuente de inspiración de muchos autores, incluso Salvador Dalí, en 1969, llegó a hacer una ilustración por cada capítulo de la novela. Con el tiempo se crearon multitud de adaptaciones, que iban desde óperas hasta videojuegos.

Seguramente, aunque llegaras a no haber leído el libro original, si habrás visto la película de Disney, quien desde pequeño había soñado con poder hacer algo basado en la historia. Sin embargo, la desconocida primera película sobre ella se remonta al año 1903, dirigida por Cecil Hepworth y Percy Stow. Duraba 12 minutos, lo que era algo considerable para la época.

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Cuando el año 2010, después de 21 adaptaciones cinematográficas, me enteré que Tim Burton haría una película sobre el libro, la adrenalina fluyó rápidamente por mis venas. A pesar de que nunca he sido realmente fanático del director, siempre había querido ver una adaptación más obscura de la historia. Alicia en el país de las maravillas me sigue pareciendo una de esas joyas que nacieron para jugar con su presentación, y por sobre todo con esa posibilidad de condimentarla con un toque más siniestro y bizarro, en el sentido anglosajón de la palabra. No es que la historia original no tenga mucho de ser analizado, o que sea estrictamente para un público infantil, pero resulta que su mezcla de distorsión y fantasía tiene todos los elementos potenciales para crear una obra maestra de tinte psicodélico, que con algo de morbosidad jugueteara con los límites de la psicosis, cuestionando la realidad misma.

El resultado fue, para mi gusto, lo peor que ha hecho Burton en su carrera. Con expectativas de embeberme en un viaje lisérgico, terminé presenciando una chorrada de animaciones y personajes con los que uno no lograba conectarse en lo más mínimo. Le faltó maravilla al país de las maravillas, una película mala no deja de serlo sólo por gastar muchos recursos en CGI.

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Pero bueno, mientras aún sigo esperando que alguien se anime a asumir el desafío de explotar la hermosa posibilidad que nos sigue brindando Caroll después de tantos años, hay algo más que lleva su nombre, algo bastante más real de lo que hablar.

Introducido en 1955 por el psiquiatra británico John Todd, el Síndrome de Alicia en el País de las maravillas es un trastorno perceptual caracterizado por distorsiones visuales, del esquema corporal y de la percepción del tiempo.

Esta patología tiene muchas causas, siendo principalmente causada en jóvenes por encefalitis (habitualmente por el virus de Ebstein-Barr, el mismo que produce mononucleosis, conocida también como la enfermedad del beso), mientras que en los adultos suele ser secundaria a la bastante prevalente migraña. Otra forma del síndrome es inducida por sustancias, por ejemplo, como parte del “Trastorno perceptivo persistente por alucinógenos”.

Se puede manifestar con un amplio espectro de síntomas, pero lo que todos tienen en común es la distorsión de la percepción sensorial. A diferencia de las alucinaciones, que no tienen provienen de un estímulo real (por ejemplo, escuchar voces en nuestra cabeza), o las ilusiones, que corresponden a la malinterpretación de estímulos externos (como confundir el viento con alguien que nos llama), las distorsiones perceptuales tratan de cambios extremadamente específicos en aspectos muy puntuales de nuestro input perceptual.

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Para entenderlo mejor, estos síntomas incluyen desrealización, despersonalización, cambios en el tamaño corporal (si, igual que nuestra querida protagonista), o en el tamaño, distancia, o posición de objetos estacionarios. La persona puede sentir que está levitando, o tener extraños cambios en cómo percibe el tiempo pasar.

Lippman, en su trabajo “Certain hallucinations peculiar to migraine”, sugería que Lewis Caroll, quien sufría de migrañas con aura según sus diarios de vida, se habría inspirado en esas sensaciones para describir algunas de las vivencias de Alicia. Estudios estiman que alrededor de un 15% de jaquecosos experimentan este tipo de síntomas  Otros, directamente afirman que es más probable que simplemente Caroll haya probado alguna dosis de Amanita Muscaria.

Los síntomas del síndrome suelen ser cortos en duración, de minutos a días, aunque se han reportado casos de por vida. Pero no te preocupes si has vivido alguna vez alguna de estos fenómenos, estos se dan también en personas sanas sin un sustrato neuropsiquiátrico patológico conocido. De hecho, un 6% de adolescentes declara haber vivido alguna vez micro o macropsias.

En general, el tratamiento se dirige más bien a la enfermedad subyacente que causa el síndrome, como la epilepsia o la migraña. Suele ser una entidad benigna, que cede espontáneamente, pero, en caso de que el fenómeno persista, esperemos que no te pierdas siguiendo al conejo blanco.

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