Crisis de confianza en la política: el medio de información como factor a renovar

La política, estrictamente hablando, tiene que ver con todo lo relacionado al gobierno de los estados. Sin embargo, una definición así me sabe algo obtusa en la práctica, considerando que la política determina finalmente toda la estructura que sustenta nuestra vida cotidiana.

Se escucha hablar en los medios, cada vez con mayor frecuencia, de la “crisis política” que afecta a Chile. Este no es un fenómeno aislado, sino preguntar cómo lo viven de igual manera varios de nuestros países vecinos. Tenemos que darle entonces la relevancia que merece una crisis así, esto no es un fenómeno cualquiera, ni algo para que se dediquen a balbucear los intelectualoides, es algo de lo que tenemos que hacernos cargo como ciudadanos.

La explicación del fenómeno tiene muchas causas y aristas, muchas en las que no soy el más indicado para ahondar, tantas además que es imposible analizarlas de buena forma en un blog. Me gustaría, sin embargo, aprovechar un evento reciente para hacer una reflexión sobre un punto que, me parece, merece ser discutido.

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El martes recién pasado, el servicio electoral (SERVEL) publicó el “Manual de consulta de campaña y propaganda electoral” (que puedes ver aquí). Polémica generó uno de las especificaciones, que expresamente prohibía el “realizar propaganda electoral a través de redes sociales como Facebook, Twitter, WhatsApp, entre otros”. Pero no quiero detenerme en la frase misma, ni en cómo después, gracias a la enorme presión política, se retractaron a medias diciendo que mientras fueran comunicaciones privadas estas no contarían como propaganda política.

Claramente la prohibición es ridícula, muchos reaccionaron aseverando que resultaba de una interpretación ridícula de la legislatura actual, convirtiéndose así en mera censura. Sin embargo, lo que me molesta es ver como emerge nuevamente esa cualidad del ser humano, sobre todo de uno criado en nuestra querida cultura chilena, de dejarse llevar por la molestia fácil, limitando la crítica a la puntualidad, nunca permitiéndose ir un poco más allá en el análisis y en la búsqueda de soluciones.

El año 2015, un estudio del consejo para la transparencia, mostraba un mísero 5% de confianza en la clase política. Ese número está íntimamente entrelazado con este tipo de situaciones, pero con esto no me refiero al problema mismo de cómo un organismo público regula la política de forma tan obviamente absurda, sino a lo que hay debajo. La enfermedad no es esa, es sólo un síntoma más, y no debieran extrañarnos los que la seguirán a continuación, lo que tenemos que entender es como el concepto actual de la política moderna es el que está realmente podrido.

La política puede ser una bendición o una pesadilla, todo depende de tres factores básicos: los votantes, los votos y los votados. Pero estos tres factores se relacionan de forma no lineal, hay otras variables que tenemos que tener en la ecuación.

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Detengámonos un minuto en cómo los primeros ejercen el segundo sobre los terceros. Fuera del ejercicio práctico del voto, hay algo que conduce al votante a hacerlo por uno u otro personaje. Si seguimos subdividiendo factores, podemos ver que hay 2 características preponderantes, uno es el bagaje cultural y personal que tiene el votante; el otro, corresponde a como el votado informa -y principalmente persuade– para que lo haga por él.

Intentaré ser lo más escueto para no alargarme demasiado, quizás más adelante valga la pena ahondar más en ellos por separado. Lo que sí quiero dejar en claro, es que estos deberían ser el centro actual de la discusión.

Veo, con tristeza, como en Chile cobra fuerza la victimización del pueblo. Resulta que tenemos una clase política que da lástima, sí. Resulta que esa clase va sobrada de corrupción y carece de probidad, sí. Pero resulta también que esa clase política tiene el lugar que tiene por nadie más que nosotros. Aquí aún hay un sistema de votación legítimo, hay aún una estructura de sistema representativo funcional, aún hay gente con ganas de hacer cambios, pero termina siendo que votamos una y otra vez por los mismos de siempre.

Tenemos que darnos cuenta de una cosa, y es que aquí no somos víctimas sino de nuestras propias acciones. Sin embargo, esto no quiere decir que no haya algo sistémico que esté mal, o que al menos colabore con la mantención del estatus. Estos problemas orgánicos radican preponderantemente en este último factor de la ecuación. En cómo conocemos a los postulantes a cargos públicos, en que medios usan, que información nos deciden dar, cuanta, como, donde y cuando. Eso es lo que no podemos tolerar de la ridícula propuesta del SERVEL, y es que lo mínimo que necesitamos como sociedad es la capacidad de hacer una votación informada.

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Acá, dentro de todo nuestro afán de victimización, si hay algo que debemos exigir, y es un buen sistema de información. Aún seguimos estancados décadas atrás, llenando de afiches, carteles, y pancartas las calles y plazas antes de cada votación. Elementos que no dicen absolutamente nada más que mostrarnos una acogedora sínica sonrisa. Elementos que contaminan visualmente durante su vida útil, y luego el planeta que nos va quedando cuando son desechados. Elementos que implican un enorme costo económico, que conllevan conseguir recursos de los mismos grupos económicos que devoran el país, ahora que conocimos el escándalo de SQM ¿nos preguntamos por qué les terminan debiendo favores?

La solución no es andar emitiendo comunicados cambiando donde o no hacer publicidad, la solución pasa por que exijamos un nuevo sistema, que unifique una fuente fiable de información, que le garantice igualdad de oportunidades a todos los candidatos, que no incentive al mendigueo que termina atrayendo leyes, tergiversadas contra sus propios ciudadanos. Vivimos en el siglo XXI, podemos trasladar todo al internet y llegar más allá que sus miles de panfletos. Es necesario que la ciudadanía conozca cuáles son sus candidatos, que pueda ver sus currículums, que acceder a tablas comparativas con sus propuestas por temas, que sepamos quienes los apoyan y por qué. Es hora de que el estado sea quien se haga cargo de esta plataforma, que no sea algo optativo donde los candidatos tiren frases clichés, sino donde podamos interactuar con ellos y entender realmente cuáles son sus planes, como fundamentan sus propuestas y como esperan llevarlas a cabo.

Espero sinceramente que dejemos de ser un país reactivo en el que esperamos que las cosas colapsen, y que todo nuestro sistema político se vaya a la basura. Tengo la convicción (y uso lenguaje de político para potenciar mi cierre) de que nuestra mejor alternativa es unir fuerzas como ciudadanos para cambiar esas barreras estructurales que nos impiden salir del circulo vicioso de la desconfianza.

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