En mi país se está llevando un proceso de reforma constitucional, o lo que parece ser la delineación del advenimiento de una. El día domingo, en ese contexto, nos reunimos en un encuentro local para aportar nuestra visión del Chile que queremos. Uno de los puntos en los que el acuerdo fue transversal radicaba en que el estado debía asegurarnos, en la medida de lo posible, una vida segura y sin violencia.

Días después, un hombre armado, quien fue luego revindicado como parte del movimiento ISIS, irrumpía con un rifle de asalto en un club gay en Orlando. Omar era un ciudadano de padres afganos, y probablemente cierta sea la influencia ideológica islámica radical que culminó con decenas de muertos, sin embargo, lo más sorprendente es justamente que -y valga la redundancia- ya no nos sorprende el escuchar noticias de este tipo provenientes del gigante norteamericano.

Los estadounidenses, entrampados quizás en un círculo vicioso, y respaldado por instituciones de inconmensurable poder de lobby, como la Asociación Nacional del Rifle, viven defendiendo su interpretación de lo que debe ser un Estados Unidos “libre”, donde cada ciudadano tenga el derecho a estar armado y ocuparlas cuándo parezca necesario.

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NRA

Mientras al resto del mundo esta actitud no nos parece tan lógica, sus fervientes defensores replican que es un derecho fundamental que debe ser asegurado, quitándole toda posible responsabilidad a este hecho, tanto respecto a los niveles de violencia que se viven en algunos de sus estados, como en la seguidilla de asesinatos que se promocionan en los medios internacionales, involucrando centros comerciales, escuelas, universidades y hasta clubes de baile.

Existen situaciones en las que la violencia es inevitable, o circunstancias en las que su uso puede ser el único recurso posible para detener rápidamente otra agresión, disminuyendo el número de víctimas. Sin embargo, existe un análisis común de que esta es, en términos generales, una mdida a evitar, una que debe ir progresivamente desapareciendo en una sociedad moderna y civilizada.

Como ciudadanos, y con ese entendimiento bajo nuestro alero, tomamos la decisión consciente y colectiva de entregarle tal monopolio de la violencia al estado, y eso fue lo que con este grupo ratificamos en el Cabildo. Un estado que viene a ser la representación de cada uno de sus ciudadanos, el encargado del desarrollo y gestión de un sistema de seguridad, uno que asegure un buen uso de la misma, y para los fines que el mismo pueblo estime como adecuado concordante a su concepto de bien común.

Esta decisión es, en efecto, tanto un gesto de unidad comunitaria, que prescinde de su derecho a ejercer violencia mayor, como un gesto de confianza hacia la existencia de un sistema que asegure un mayor nivel de seguridad con el mínimo uso de la fuerza, y con manifiesto de justicia.

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Sin embargo, debido a un largo proceso histórico, que probablemente ameritaría ser analizado por separado, en Estados Unidos se ha llegado hasta este punto, en que la capacidad letal está ampliamente distribuida entre sus ciudadanos, no siendo únicamente administrada por una fuerza policial común. Esto tiene varias implicancias, pero entre ellas las que parece más relevante está la sensación de empoderamiento de su propia seguridad que poseen los ciudadanos norteamericanos, pero que se ve a la v z acompañada  de la permisividad en la obtención y portación de las mismas armas por parte de individuos tanto psicológicamente inestables, como directamente dirigidos por motivaciones fóbicas y fanáticas de diversa índole.

Estos dos puntos están íntimamente relacionados, y se alimentan mutuamente en un círculo vicioso difícil de romper. Mientras el acceso se mantenga facilitado, los individuos con tendencia violenta seguirán actuando, y mientras estos sigan ejecutando sus planes, el ciudadano común seguirá armándose aludiendo a su derecho de autodefensa.

Este análisis es el que se niegan a llevar gran parte de ellos. Resulta que la motivación que hemos tenido en el resto del mundo para ceder tal capacidad es la que ha llevado a no entrar en ese juego, es la que ha permitido mantener, en cierta medida, los ataques de alta violencia a raya.

Pero las consecuencias no quedan ahí, porque esta ola de agresiones ha aumentado progresivamente el ya bastante presente nivel de paranoia que viven los estadounidenses, lo que termina desequilibrando una segunda balanza, llevando a la búsqueda de medidas que pueden terminar en estados policiales, con los que ya hemos soñado -o más precisamente tenido pesadillas- en novelas como 1984un mundo feliz. Todo esto a costa de nuestra privacidad y libertad como individuos.

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Del mismo modo surgen figuras políticas aberrantes, incomprensibles en gran parte del resto del globo, como lo es Donald Trump, quien, en su trastorno narcisista, atropella en un sinsentido de declaraciones y amenazas a distintos sectores de la sociedad, algo de lo que estamos acostumbrados a estas alturas en sus berrinches, pero que internamente tememos se vuelvan realidad en las próximas votaciones.

Como dicen por ahí, la mezcla de miedo e ignorancia es la fórmula perfecta para el odio, y de ahí a la violencia hay un pequeño paso. No hay nada más peligroso que una sociedad que se equivoca en su foco de intervención, dándole la posibilidad a antisociales para que reformen la estructura de un sistema estatal. Fomentando el rencor y acercando nuestras comunidades a lo que vivimos en pasados históricos obscuros, donde ya conocimos ese tipo de personajes, especialmente en la primera mitad del siglo pasado. Lo aterrador es que todo parece indicar que, en caso de que no tomenos un rol activo en combatirlos, los volveremos a ver en sus tronos, más temprano que tarde.

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