La gordura como orgullo: la última expedición hacia la normalización de la enfermedad.

Los estándares de belleza son una entidad fluida, han cambiado y lo seguirán haciendo a lo largo de la historia. Las fluctuaciones del concepto de belleza femenina son un ejemplo remarcable. Sus distintas expresiones han residido en la cabeza de mis congéneres, en primera instancia determinados por asociaciones de supervivencia siguiendo básicos preceptos Darwinianos; comenzando luego a ser direccionados por caracteres estrictamente culturales; para finalmente hoy, con la complejización desbordante de la sociedad moderna, ser la comprensión de la mente humana y del diseño, de las herramientas publicitarias y de las profundas aspiraciones que sufrimos como humanos, ser el bárbaro mercado el que se dedica a intervenir estos estándares, jugando con fuego a merced de sus caprichos.

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Hemos vivido gracias a esto en un vaivén de desequilibrios, la naturaleza ya no se entromete susurrándonos que características nos resultarán ventajosas, sino que un grupo de arquitectos culturales deciden, por nosotros, que desearemos con ansias para la próxima temporada. Así se ha llevado hasta la precariedad el cuerpo de jóvenes modelos, creando estándares inalcanzables e insalubres, que alzan con furia las cifras de trastornos alimenticios. De la misma forma se corroe la seguridad y autoestima de las pequeñas y pequeños en busca de identidad, que ahora se desvelan intentando ser como el estereotipo esquelético que le entrega la farándula; como la mujer de aparente vida perfecta de turno en Instagram; como la chica de la escuela que ya se les adelantó en su raquitismo, mirándolas con desdén desde el lado popular de las butacas.

Sin embargo, a pesar de las mil y una críticas que pudiera hacerle a esta convención y sus destructivas implicancias, hay un fenómeno que se apropia aún más de mi atención. Cada vez con más ímpetu veo grupos, con supuesto espíritu reivindicativo, abogando por la aceptación de sus cuerpos, vociferando la hipocresía regente en el pueblo, izando como virtud última la libertad de ser “como uno es”, de vivir como se nos plazca.

La idea en si misma, con sus aires reactivos, no parece del todo incorrecta; pero surge centrándose en una porción irremediablemente equivocada de las personas. Resultan la antítesis de sus planteamientos originales, terminan luchando contra la moda esquelética creando una nueva, con las mismas -sino peores- nefastas consecuencias.

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Decidieron asentarse a través del rebrote del sobrepeso renacentista. Se ramifican estratégicamente con campañas en las más diversas redes sociales, y toman cabida en los medios de comunicación, imponiendo la nueva usanza del grotesco sobre-respeto a la enfermedad más prevalente del mundo desarrollado occidental, la obesidad. Caen en un error fundamental extremando el discurso hasta enorgullecerse de la patología, censurando a cualquier crítico que alce la mano denunciando el impacto en la salud que acarrea tales aseveraciones. Como si resultara de una condición innata, secuestran el concepto de obesidad trasladándolo al terreno de lo intocable, igualándolo, en una jugada sucia, con lo que si son frentes de lucha legítimos, como la orientación sexual o la discriminación por género, que sobran de razones contundentes para ser defendidas en una sociedad que aspira a la modernidad.

Pero la parte divertida reside nuevamente en los genios del márketing, quienes rápidamente captaron el potencial del movimiento. Olfatearon con regocijo los nuevos bolsillos que aguardaban ser desvalijados. Sin querer queriendo les dieron la renovación que tanto necesitaba la industria de la moda, les crearon un nuevo nicho, el nuevo éxito de ventas. Y todo esto en base a ella, la que quiere sentirse orgullosa de su afección; de la que ya no merece, bajo su punto de vista, ser catalogada como una persona enferma; de la que sólo sueña con ser parte de la alta alcurnia, a pesar de sus kilitos de más.

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#effyourbeautystandards

Lo más increíble es que lo pueden hacer tranquilamente, camuflados y amparados en una supuesta causa noble, tal como las industria del alimento que saborea desde hace algunos años el auge sin sentido del miedo a los transgénicos, o del nexo entre el gluten y la enfermedad celiaca, llenando sus carátulas de logos y certificados. No defiendo por ningún motivo la discriminación como un arma contra la problemática que resulta la obesidad, pero creo importantísimo recalcar como la normalización, y más aún el ensalzamiento de una enfermedad como esta, solo nos empuja a un lado de la balanza aún más pernicioso que el primero.

Los hípsters fueron nada más que una invención del capital, pero ahora que hasta ellos pasaron de moda, que bien les viene este nuevo aire de protesta social en sus liquidaciones de final de mes.  Esa cúspide de pseudoguerrilleros resultaron formidables hormigas de la maquinaria neoliberal.

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