Cada día salgo de mi casa mientras aún la noche domina los cielos. Me dirijo al Metro de Santiago. Cada día me subo al vagón de la línea 4 con dirección a Puente Alto. Voy sentado, pero preocuro siempre hacerlo mirando las puertas, no quiero motivos para demprimirme, no tan temprano por la mañana.

Vivo en el lado “rico” de la ciudad. Podría viajar en auto, pero no me hace sentido el ocupar varias toneladas para transportarme sólo, contaminando el aire y los tímpanos, contribuyendo a los tacos y malgastando recursos. Me encantaría usar cada día mi bicicleta querida, pero son demasiados kilómetros por recorrer en una ciudad tan extendida, construida con tan poca consciencia de las necesidades en dos ruedas. Por eso ocupo el transporte público.

Cuando digo que sentado ya no miro hacia el andén del frente, es porque me siento incómodo. Me incomoda la realidad que tiene que soportar gran parte de Santiaguinos. Me avergüenza -sin ser realmente el culpable- el poder disfrutar de tal privilegio sólo por la suerte que tuve al nacer, porque yo no merezco esa comodidad más que ellos, porque me duele la falta de dignidad con que nos -y sobretodo los- trata el sistema.

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Es fácil balbucear sobre el terrible nivel de estrés que vivimos en Santiago. Es fácil llenarse la boca con las mil y una razones por las que debiésemos ocupar todos el sistema de transporte público. Lo difícil es entender que, en una ciudad mal diseñada y con una distribución segregada de las comunas, hay quizás millones de personas que pasan 3 o 4 horas de sus días encerradas en vagones y autobuses. Lo difícil es darse cuenta de que pagan -al menos- 1480 pesos diarios (algo más de 2 dólares) por hacerlo de forma incómoda, sin posibilidad de moverse o leer siquiera un libro. Lo difícil es que la parte más poderosa de este país se entere del impacto que tiene un sistema de transporte tan agobiante como el Transantiago.

Un trabajador con salario mínimo, hablamos de 1 de cada 4 asalariados chilenos, gasta al menos un 18% de su sueldo en moverse a su lugar de trabajo, lo que representa más de un tercio de su tiempo laboral semanal en un espacio claustrofóbico, atochado, tenso y desgastante.

Luego nos preguntamos por qué lideramos el ranking mundial de depresión. Luego nos quejamos de como la evasión bordea el 25%. Resulta fácil exigir que a esa porción de chilenos le pese la consciencia de no contribuír al sistema, cuando uno no sufre lo que significa ocuparlo cada día.

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No quiero que esto sólo quede en mis palabras. Sabemos actualmente que los viajes largos al trabajo son áltamente nocivos para las relaciones familiares, se ha observado que en las parejas que tienen que hacerlos, existe un 40% más de riesgo de separación. Las personas que lo viven reportan sistemáticamente peores niveles de bienestar subjetivo, teniendo niveles significativamente mayores de ansiedad y estrés.

David Lewis, experto en estrés, publicó en esa línea un estudio que mostraba peaks de cortisol en los sujetos de estudio durante el trayecto subterráneo, con alzas de la frecuencia cardiaca de hasta 145 latidos por minuto, en comparación con los 65 que tiene en promedio un adulto sano en reposo. Describe además un proceso que denomina “commuter amnesia“, en el que tales niveles de ansiedad llevan a un cierre transitorio de la consciencia hacia lo que sucede en el mundo externo.

¿Como podemos seguir omitiendo esto? Siendo imposible remediar a corto plazo la mala planificación de la ciudad, lo mínimo que un gobierno puede hacer por sus ciudadanos es proveerles de un sistema de transporte que no contribuya con la mala calidad de vida imperante en Saniago. No me gusta mucho la palabra dignidad, pero, en el sentido coloquial de la palabra, no puedo evitar sentir que es eso lo que el Transantiago vulnera cada día, tratando a su individuos como si fueran ganado.

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