El verdadero eco-terrorismo

Definirlo como concepto es una tarea complicada, ya que tiene muchas acepciones dependiendo principalmente de la tendencia política del expositor. En Latinoamérica la palabra “ecoterrorismo” no nos hace mucho sentido, no la oímos mencionar a menudo y tampoco se encuentra tipificada en leyes formales o normativas internas de cuerpos investigativos oficiales. Pero la historia detrás de esta es larga en otros países.

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Década del 70’, surge el primer auge de movimientos medioambientalistas que se van organizando contra la devastación del ecosistema, que para ese entonces mostraba sus primeras consecuencias. Movimientos radicales, como Earth First! en Estados Unidos y Earth Liberation Front en Inglaterra, comenzaban a incurrir en actividades delictuales, desde el traspaso de propiedad privada hasta la destrucción de activos materiales. Estos grupos surgieron como respuesta a lo que llamaban los “mainstream groups”, básicamente refiriéndose a organizaciones ecologistas de tendencia moderada, como la conocida “GreenPeace”, bajo la acusación de ser meras fachadas burocráticas con intenciones de obtener puestos de prestigio en oficinas gubernamentales.

Algunos años más tarde Ron Arnold, quien fue presidente del “Centro para la defensa de la libre empresa” (CDFE) en Estados Unidos, utilizaba el término en un artículo para la revista Reason, considerado por algunos su primer empleo formal. Desde ese entonces las aguas han sido turbulentas, con frentes políticos de izquierda intentando vincularlo a las empresas de mayor impacto en el medio ambiente, mientras que las de derecha se esmeraban en asimilársela contrariamente a grupos medioambientalistas radicales. No obstante, la guerra por quien se quedaba con el título fue perdida por estos grupos hace muchísimos años. En 2002, James F. Jarboe, Jefe de la sección de terrorismo doméstico del FBI, afirmaba que “Animal Liberation Front” y “Earth Liberation Front” eran amenazas terroristas serias, llevándolas a ser la prioridad a combatir por la sección durante los años siguientes.

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En 2003, el “American Legislative Exchange Council” (ALEC) publicó el Model Act, destinado a criminalizar cualquier acto que “obstruyera” el uso de una industria animal o de recursos naturales, además de cualquier publicidad, financiamiento o apoyo a un activista con tales intenciones. Incluía penas de prisión efectiva y la inscripción del detenido en una lista pública de presuntos terroristas. Esto lo justificaban diciendo que el “USA Patriot Act” no podía ser usado para combatir el ecoterrorismo, principalmente porque la definición federal de terrorismo incluía el daño a personas, lo que no era propio de estos grupos. Y eso era efectivamente así: a pesar de que ciertas agrupaciones incurran en el daño a la propiedad privada, todos habían repudiado públicamente ciertas formas de violencia, llegando a crear “guías” para asegurar que acciones futuras no incurrirían en riesgos para vidas humanas.

Finalmente, el 27 de noviembre del año 2006, el congreso enmendó y renombró el “Animal Enterprise Protection Act” a lo que se conoce como el “Animal Enterprise Terrorism Act” (AETA) que criminalizaba la interferencia en las empresas relacionadas al rubro animal, incluyendo como interferencia cualquier acción que llevara eventualmente a la “pérdida de ganancias” o a un “aumento de los costos” por parte de dichas empresas. Como consecuencia, cualquier acto cometido bajo la acusación de terrorismo, multiplicaba los años de posible presidio, y de inmediato postulaba al imputado a una carcel de máxima seguridad, donde terminan los criminales más violentos, con periodos de encierro de al rededor de 23 horas diarias y límite de conversación con su familia de 1 hora mensual.

Como bien mencionó Lawrence Buell, lo que tenemos que preguntarnos es ¿por qué el tree-spiking (la introducción de trozos de metal en árboles para dejar sin funcionamiento maquinaria forestal) sería mucho más auto-evidentemente ecoterrorismo que el desastre del Delta del Niger, producido por la multimillonaria Shell? La respuesta es que no lo es. La carrera por adjudicarle al otro el término tiene fines absolutamente políticos. Podemos imaginar lo que la palabra terrorismo tiene como efecto en la psicosis colectiva, sobretodo en sociedades con tendencia paranoide como la de Estados Unidos. Como dijo Hermann Goring durante el gobierno de Hitler: “con voz o no, el pueblo siempre puede ser arrastrado a los deseos de los líderes. Es fácil. Todo lo que tienes que decirles es que están siendo atacados, denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y poner al país en peligro. Funciona igual para todos los países.” Y esta vez se logró con relativa facilidad a través del poder mediático y legislativo. La telaraña que se enmaraña entre políticos, congresistas y los empresarios responsables de esta debacle es inconmensurable. Resulta que además los dueños de los mayores consorcios en medios de comunicación masiva se sientan también en las juntas directivas de las principales industrias involucradas, y el patrón se repite en todo el mundo capitalista de corte neoliberal. Era una lucha destinada a la derrota. Nuevamente Buell da en el clavo: El concepto de terrorismo se ha reservado tradicionalmente para ataques ilegales contra el “establishment”, hasta que los mismos terroristas se convierten en el establishment.

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Nunca me llevaré bien con el intento de definición moralista de las conductas. En ese sentido el Biocentrismo es uno más entre tantos, ya que se basa en el valor intrínseco a todo tipo de vida natural, lo que me parece difícilmente justificable ante un intento de ser medianamente universalizable. Sin embargo, una etapa previa a este, manifestado por la “ecología profunda” me parece que tiene un sentido más objetivo a destacar, sobre todo desde el punto de vista conservacionista. Fuera de la visión que personalmente pueda tener sobre el valor asignado a la naturaleza, es innegable que nuestra relación con la tierra es un equilibrio bastante más delicado de lo que parece. El problema aquí no es que vayamos a destruir en efecto toda forma de vida natural. Muy por el contrario, la historia del planeta ha demostrado que se adapta y seguirá adaptando a cambios más brutales de lo que podemos ser capaces de confabular, sin embargo, en esta ocasión, ese nuevo punto en la balanza puede dejar a nuestra especie entera fuera de la ecuación. Esa parte es injusta para todo ser venidero, para toda consciencia eventualmente surgida de materia orgánica, destinada quizás a interactuar y apreciar la maravilla que puede ser la vida.

El abuso sistemático del medioambiente que nos rodea resulta bastante más amenazante, incluso para nosotros mismos, que los llamados ecoterroristas. Todo en nombre de un sistema neoliberal centrado en el individualismo, el cortoplacismo y la depredación despiadada de todo lo que nos sustenta.

La crítica que motivó a estos grupos “extremistas” a actuar de esa manera no raya en la locura. Las organizaciones más grandes y conservadoras han jugado un rol pequeño en relación a la terrible escalada de pérdidas medioambientales generadas por las grandes empresas. El problema principal es resulta que no es posible lograr objetivos significativos -en un plazo razonable- trabajando en el mismo plano, es decir, bajo el mismo sistema que creó el marco institucional que permite y protege a las grandes empresas responsables de tales destrucciones. A pesar de que eventualmente la mejor alternativa (y probablemente la única sustentable) es que tengan que ocurrir cambios impulsados por organizaciones reformistas, en este momento la prioridad debe ser detener el genocidio que estamos cometiendo contra nuestros predecesores; y si para esto es necesario recurrir a ciertas formas de violencia, no me atrevería a calificarla más allá de lo que sería un acto de desobediencia civil justificada, una ruptura intencionada de la normativa imperante en pos de un bien común que no está siendo protegido.

Lecturas recomendadas

Perspectives on Ecoterrorism: Catalysts, Conflations, and Casualties, Por Randall Amster.

Libro: From Apocalypse to Way of Life: Environmental Crisis in the American Century, por Frederick Buell.

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Un comentario en “El verdadero eco-terrorismo

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