Acerca de la infidelidad como atenuante de homicidio.

El pasado miércoles 6 de abril, el Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Ovalle falló sobre el caso de Marco Olmos, quien intentó asesinar a su esposa tras haberse enterado de que ella le había sido infiel.

Revuelo causó de inmediato en la ciudadanía el que los cinco años de cárcel hayan sido reemplazados por cinco de “libertad vigilada intensiva”, al considerar como atenuante la noticia que acababa de recibir. Asimismo, organizaciones avocadas al apoyo de la mujer, como el SERNAM y el PRODEMU manifestaron abiertamente su repudio, calificándola como una expresión más del machismo del Chile actual.

No puedo estar más de acuerdo y sumarme al amplio rechazo de la medida adoptada por el Tribunal, sin embargo, probablemente difiriendo en la lectura, o al menos en las motivaciones que suscitan este rechazo.

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Me parece precipitado afirmar que en este caso el machismo sea realmente el móvil de la agresión, y aunque así lo fuera, de todas maneras merece ser separada la crítica hacia este tipo de discriminación, del resultado expresado por un tribunal.

Más de alguno dirá que lo que llevó a este hombre a cometer el delito fue la posesividad sobre la mujer, y dar el salto dialéctico a afirmar que aquella es una muestra de machismo y misoginia, que de esta forma lo relevante del caso es que se está justificando el machismo a través de la resolución del tribunal, y que esto no es más que una muestra de la repugnante sociedad chilena.

Pero permítaseme diferir de aquél análisis. Comencemos entendiendo que la relación monógama, más aún expresada en forma de matrimonio, es en la práctica un contrato social, uno que incluye la fidelidad como uno de sus pilares, y -fuera de si uno se identifique con él o no- requiere del acuerdo mutuo para ser llevado a cabo. Entendiendo el valor que una persona que lo suscribe les da a este pacto, es comprensible que la noticia haya podido ser en efecto un gatillante emocional intenso. ¿Eso justifica acaso su reacción? Absolutamente no. Pero la pregunta que me quiero hacer es otra, ¿Podemos entonces afirmar que la consecuencia final de este arrebato haya sido producto de su odio al sexo femenino? Y ese es el punto. La respuesta es un rotundo NO. Lo único que podemos decir con certeza es que el hombre tiene una evidente inestabilidad psíquica que lo convierte en un peligro para la sociedad ante cualquier estímulo fuera de su cotidianidad. A lo que intento llegar con esto es que me resulta preocupante el que -a pesar de que reconozco al machismo como un problema inherente en nuestra sociedad- existe la tendencia a adjudicarlo como patrón en cada acto humano, ya que eso tiene dos consecuencias nefastas. En primer lugar, que cuando se aplica indiscriminadamente, se trivializa su real impacto. En segundo lugar, y más cercano a este ejemplo, es que puede sesgar o desviar el análisis de un problema de gran trascendencia para nuestra convivencia, como lo es la violencia, el homicidio, y además en este caso específico, el de la tipificación de un atenuante así en el código penal.

El artículo 11 N° 5 del Código Penal, bajo el cual se amparó la decisión, establece como atenuante de responsabilidad el “haber obrado por estímulos tan poderosos que naturalmente le hayan causado arrebato u obcecación”. Me pregunto entonces, ¿Cómo puede un Juez razonablemente definir si un estímulo es efectivamente tan invalidante? No parece una tarea sencilla a simple vista, más aún creo que una aseveración tan vaga no permite ningún tipo de lectura más objetiva, ahí radica el problema, y este caso es un claro ejemplo al respecto.

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¿Cuantos asesinatos ocurren en estados emocionales exaltado? Las cifras son abrumadoras, la mayoría de estos se suscitan bajo los efectos de un arrebato emocional, o bajo el de alguna drogas. Y no es más que lo esperable. Para que una persona intente acabar con la vida de otra necesariamente tiene que encontrarse en un estado psíquico alterado, ya sea por una circunstancia momentánea, o de forma basal secundario a una enfermedad psiquiátrica, como algún grado de psicopatía que lo lleve a calcular fríamente su acto. Podrán imaginarse cuál de los dos escenarios es en efecto más común.

Entonces el problema que surge es que no hay forma de justificar un caso sobre el otro. Es indiscutible que el hombre actuó apasionadamente tras el shock de enterarse de la infidelidad, por lo que, estrictamente hablando, siempre podrán defender el haberse apegado al artículo. Por tanto, parece que lo que cabe cuestionarse es si realmente resulta adecuada la existencia de este atenuante en el código penal. A mi parecer, no.

El femicidio fue creado para referirse al asesinato de mujeres por razones de género. Entendiendo lo anteriormente expuesto, no podemos en efecto afirmar que lo que presenciamos fue realmente un femicidio frustrado. Y de tal manera, el debate se debe centrar en como comprendemos el problema de la violencia, y como lo enfrentamos. Este neologismo me parece de validez lingüística, como método de visibilización de una problemática, pero me parece compleja su adopción jurídica como existe en chile con la Ley N° 20.480, que prácticamente resulta un contraproducente giro de discriminación inversa, como si el sexo de la víctima pudiera de alguna forma determinar mayor gravedad en el acto; pero bueno, supongo que ese es un tema extenso, que probablemente merece un análisis aparte.

En resumidas cuentas, quiero expresar lo difícil que se me hace conciliar que el tema se centre en el machismo, cuando termina siendo que el hecho es que alguien pudo haber terminado sin vida, sin importar el sexo de aquella persona. Espero que la fiscalía utilice el recurso de nulidad del que dispone, y pueda trabajar por el que esto no sente precedente para futuras decisiones judiciales.

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